Un afro en el metro

8 de la mañana. Odio coger el transporte a esta hora, el metro está lleno de gente. Mientras espero al metro, siempre me digo que quizás hoy tendré suerte y que no estará tan lleno, que quizás no tanta gente empieza a primera hora como yo. No sé porqué continúo haciendo esto cuando nunca me he subido a un metro que no estuviese a reventar a estas horas.

Antes de subir miro si de casualidad hay algún vagón menos lleno, pero los cristales están empañados y no puedo ver nada hasta que no se abren las puertas, y una vez abiertas el metro no esperara a que tome una decisión. Me subo al vagón justo en frente mío, pegada contra el resto de los estudiantes, temerosa de que las puertas no se cierren y la gente nos pida que nos bajemos. Aunque no me bajaría, si las puertas no pudiesen cerrarse, nos apretujaríamos todos un poco más los unos contra los otros, rozándonos más de lo que nos hemos rozado con gente que lleva años en nuestras vidas hasta que las puertas se cerrasen. Estoy bastante incomoda, el bolso de una chica está justo a nivel de mi entrepierna y no puedo evitar echar mis caderas ligeramente hacia atrás, lo que no sé cómo debe de interpretar el chico que tengo justo detrás. Puede que quizás ni siquiera note mis nalgas posicionadas de forma sugerente sin querer, debe de estar ocupado intentando respirar con mi afro delante de su cara, mis rizos metiéndose en cada uno de sus orificios. Me siento un pelín culpable e intento no mover la cabeza, no pensar en nada que me haga ladearla con incertidumbre o moverla de un lado a otro en forma de afirmación a mí misma.

Debo admitir que tengo mucho pelo, y es tan denso que podrías dormirte sobre él. Quizás el chico de detrás se está conteniendo para no dejar su cabeza caer sobre mi pelo como si fuese una almohada. No me extrañaría, la mayoría de los estudiantes no llegamos a dormir ni 7 horas al día. Además, huele a coco y a frutas silvestres. Puede que haya cerrado los ojos y esté soñando despierto, imaginándose de vacaciones en el caribe, despreocupado porque ya ha terminado la carrera, tiene un buen trabajo y se puede permitir unas buenas vacaciones.

O Puede que no, puede que piense que mi pelo es invasor, que ocupa demasiado espacio, un espacio del vagón reservado para su respiración; puede que odie el coco, no coma fruta y prefiera la montaña como destino de vacaciones; puede que odie la textura, los mil y un rizos que se entrelazan entre sí, dándole un aspecto esponjoso; puede que le dé algo de recelo estar tan cerca y no poder verme las raíces, sentir que puede haber cualquier cosa escondida entre tanto pelo, no saber que hay al final de tanta espiral en dirección a todas partes.

Puede que se esté preguntando porqué mi pelo desafía a la gravedad, porqué mis rizos deciden que mis hombros no son dignos de su gloria y prefieren extenderse hacia el cielo, crecer como si de un árbol se tratase y sus ramas quisiesen ocupar el mayor espacio posible, ser lo más grandioso que pueda; puede que se pregunte porqué mis rizos se entrelazan entre sí como los enamorados al dormir; puede que se esté preguntando cuantos rizos forman mi afro, inventando cifras cada vez más altas, imaginándose de excursión en mi pelo, saltando de un rizo a otro y separándolos, para pronto descubrir que está trabajando en vano, que nunca podrá terminar su obra, porque mi afro tiene alma propia y decide por sí mismo, como aprendí yo hace ya muchos años.

Puede que se esté preguntando estas y muchas otras cosas, todo mientras intenta respirar.

 

(texto compartido con la revista digital https://afrofeminas.com/)

 

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