Una conversación en silencio

Los dos en la cama, tú trabajando con el ordenador y yo leyendo, el único ruido en la habitación es el que hacen de vez en cuando las teclas y el ruido entrañable del papel cuando paso página. Tu espalda apoyada sobre dos enormes almohadas, tus piernas estiradas, el ordenador sentado en tu regazo; yo tumbada, de lado, mi cabeza acostada sobre tu muslo derecho en el poco espacio que deja libre tu ordenador. Me acaricias el pelo, empiezas por la nuca y acabas con tu mano entera en él, me separas los rizos y de vez en cuando lo agarras fuerte y lo estiras ligeramente, me haces sonreír, sé exactamente en lo que estás pensando cuando lo haces. Me acaricias las mejillas y colocas tu mano en mi cuello. El peso de tu mano me incomoda, pero no digo nada, encuentro dulce que en lugar de apoyar tu mano sobre mi hombro, hayas escogido hacerlo sobre mi cuello. Pasan los minutos y no intercambiamos ni una sola palabra. Te acaricio la pierna, coloco mi mano sobre la tuya, provocando aún más presión en mi cuello, pero no importa, solo quiero que sepas que pese a estar inmersa en mi libro aún pienso en ti. Respondes a cada movimiento de mi cuerpo con una caricia. Entrecruzo las piernas y colocas tu mano en mi cadera, me coloco boca arriba y rodeas con tu brazo mi cintura. Parece que no quieras perder contacto con mi cuerpo, tú también quieres que sepa que no me olvidas, que estás concentrado en tu trabajo pero sigo siendo lo más importante. No puedo verte la cara, pero sé que de vez en cuando me miras para saber si estoy cómoda, lo sé porque acto seguido me acaricias la mejilla, me rozas los labios con un dedo y me rodeas de nuevo la cintura.

Te incorporas ligeramente, y me tengo que ajustar de nuevo. Para disculparte me acaricias la cara, la recorres con los dedos, te centras en mi frente para no molestarme al leer, pero pronto te olvidas y recorres mi nariz con el dedo corazón. No puedo seguir leyendo, pero espero a que termines. Pronto te cansas y tus dedos empiezan a recorrer mis cejas, las despeinas adrede provocando en mí una mueca. Te ríes, y vuelves a concentrarte en la pantalla del ordenador. Colocas tu brazo justo en mi pecho y ahora soy yo la que ríe, pero no te importa, no mueves la mano.

No siento la necesidad de decir nada, nuestros cuerpos lo dicen todo, nunca he escuchado algo con mayor claridad. No sabía que los cuerpos hablaran tan alto.

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