El bubi y el español

 

 

Mi padre considera, por alguna razón que soy incapaz de descubrir pese a haber pensado mucho en ello, que la persona con la que hablaba no le oye. Muchas veces me pregunto si es un vestigio de los años 90, cuando llamar a África suponía tener que pegar gritos para que la persona te oyera. Las llamadas internacionales han mejorado mucho y ya no es necesario pegar gritos y compartir con todo el vecindario tu conversación, sin embargo, su forma de hablar sigue siendo la misma. Literalmente chillidos, el resto de la familia incapaz de oír la televisión durante su conversación, temerosos de decirle algo y provocar su ira. Cuando era pequeña solo mi madre se atrevía a decirle cuando colgaba que chillando como chillaba, aun colgando el teléfono, la persona podría oírle desde Guinea. Mi padre se reía a veces y explicaba que Guinea tenía muy mala cobertura, otras veces se enfadaba y decía que le dejáramos tranquilo. Yo lo odiaba, me daba mucha vergüenza que pegase gritos en medio de la calle y ver cómo la gente le miraba, algunos pensando que esos modales son propios de la gente de África, ese continente que consideraban ruidoso y salvaje u en el que la gente se habla a gritos y se peleaba debido a la pobreza. Tiene gracia como he aprendido a adorar su manera de hablar por teléfono con los años. Sonrío cada vez que llama a su tío, a su hermano, o a alguno de sus primos y la conversación empieza con él gritando “bube”. Con los años se ha vuelto algo especial, algo único que no hacen los demás padres y que le hace especial. Siempre me ha parecido interesante como su tono de voz se eleva aún más cuando empieza a hablar en bubi, como si el teléfono no fuese capaz de retransmitir fielmente sus palabras en esa lengua. Cuando era pequeña, odio admitirlo, pero me alejaba un pelín de él cuando hablaba por teléfono en bubi por el barrio. La gente le miraba como si hablase en una lengua satánica, mientras otros se reían descaradamente, diciéndose a sí mismos que era imposible comunicarse en semejante lengua, tan ruidosa, tan poco harmónica. A veces me preguntaba si mi padre se daba cuenta, o si estaba demasiado inmerso en su conversación como para fijarse en la gente de alrededor.  Muchos se sorprendían de oírle hablar 30 segundos más tarde en un español perfecto, culto, con una dicción perfecta y con voz firme y autoritaria, en un barrio en el que la mayoría de la gente no tenía estudios superiores. Muchos debían de sentirse avergonzados e incluso algo recelosos, pues se habían sentido superiores por unos segundos, mientras hablaba esa lengua indescriptible y para ellos de salvaje, para darse cuenta en seguida de que ese salvaje tenía un nivel cultural al que ellos jamás podrían aspirar.

 

Pasear con mi padre y algún familiar se convertía en un espectáculo en el barrio. Mi padre y su tío siempre andaban al mismo compás, pero bastante separados el uno del otro, como dándose el espacio suficiente para dejar que las palabras cogiesen la fuerza que requieren, como para darle a su conversación la importancia que merecía. Conversaciones que casi siempre tenían que ver con África y su historia, África y sus dictadores, África y el desarrollo. Los brazos de su tío detrás de la espalda, resaltando aún más su barriga redonda y dura, mi padre con los brazos cruzados como si de una reunión se tratase, conversaban saltando del bubi al castellano, y las dos lenguas de cierta manera se mezclaban formando algo harmonioso.

 

Ahora que vivo en Paris, me doy cuenta de que los españoles son en cierta manera los africanos de Europa. La gente suele poner mala cara cuando un grupo de españoles sube al metro, rompiendo con ese silencio que reina en el metro parisino, donde la gente no habla, más bien susurra para no molestar a los demás pasajeros. El español no entiende esos modales, le resulta extraño hablar como si de un secreto se tratase. El español se ríe de forma estridente, bromea y gesticula para dar fuerza y credibilidad a lo que está contando. Es algo que era incapaz de ver hasta que me fui a vivir fuera. A la gente le molesta esa alegría de vivir, esa efusividad, esa manera de contar una historia banal como si se tratase de la historia más emocionante del mundo. Esa sensación de vergüenza volvió a recorrer mi cuerpo después de años y la sensación en vez de molestarme me divirtió. No era algo particular de los africanos, los españoles también eran considerados como salvajes fuera de su territorio, estridentes y ruidosos sin motivo alguno. Recuerdo estar un día en el metro enfrente de unas chicas españolas que debían de estar de vacaciones en Paris. Estaban mirando el mapa del metro, discutiendo sobre que parada era la apropiada y no llegaban a un acuerdo. Siempre me ha resultado interesante como discutir es algo malo para los franceses pero algo normal y hasta divertido para los españoles. Reían y se insultaban cariñosamente mientras cada una intentaba probarle a las demás que su parada era la parada correcta. Para mí que las entendía, la conversación me resultaba graciosa y me recordaba a mi llegada a la capital francesa, pero cuando mire alrededor, me di cuenta de que debía de ser la única que disfrutaba de su conversación. Las caras de exasperación se multiplicaban, las caras de disgusto ya no se disimulaban, y hasta una señora decidió levantarse de su asiento para alejarse de ellas. Las chicas de repente se dieron cuenta de que estaban molestando al resto de pasajeros y continuaron el trayecto en silencio, intercambiando miradas cómplices de arrepentimiento. Sentí pena por ellas, su comportamiento no era intencionado, es la forma en la que la gente de España interactúa tanto en privado como en público. Es lo que diferencia a España, lo que la hace única. Me acordé de las conversaciones de mi padre por teléfono en el barrio, de los paseos con su tío o con su hermano, de su tono de voz cada vez más alto, de ese lenguaje que nadie comprendía y que nadie sabía apreciar, pero que para mí sonaba harmonioso y tenía un ritmo especial. Esa forma de pronunciar las letras, esa melodía del bubi, tan diferente de las lenguas latinas, tan fuerte y seguro. Es como si el bubi le diese a todo lo que dices una fuerza especial, como si fuese casi imposible rebatirlo.

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